
Menos boom y más
política cultural
A partir de 1999, con la editorial Corregidor a
la cabeza, comenzó a darse el fenómeno de editar en
la Argentina autores brasileños. Dicho interés se
expandió luego a diversas editoriales (Beatriz Viterbo, Adriana
Hidalgo, Interzona, entre otras), en muchos casos gracias a un plan
de subvenciones del Estado brasileño para la traducción
de sus propios autores, a quienes en su país también
promueven adquiriendo gran parte de la tirada y enviándola
a bibliotecas. Una política cultural que mira a la autopromoción
que sería bueno imitar prestamente.
Por Ezequiel Alemian
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| Clarice lispector (1920-1977). La gran revelación. |
A pesar de que siempre prevaleció la idea
de que en Argentina la literatura de Brasil se conoce poco, nuestro
país es el segundo del mundo en que más se traduce
a los escritores brasileños, después de Francia, y
por poca diferencia. En los últimos tiempos, la continuidad
en el trabajo de algunas editoriales y un intercambio más
fluido entre las comunidades académicas han permitido que
comenzara a revertirse esa impresión de que la literatura
de Brasil “está lejos” de Argentina.
Hoy, la publicación de libros de escritores
brasileños es una de las más dinámicas del
mercado local. A la reedición, con nuevas traducciones, de
clásicos muy vigentes, hay que agregar el lanzamiento, incluso
a nivel mundial, de lo mejor de un presente narrativo de una actualidad
asombrosa, y la difusión de una poesía contemporánea
que vuelve a confirmar su tradición de imprescindible. Sin
olvidar una serie de ensayos críticos muy reconocidos.
La editorial Corregidor fue una de las pioneras
en trabajar para que esto sucediera. En 1999 lanzó su colección
Vereda Brasil, en la que ya lleva editados catorce títulos.
Dirigida por María Antonia Pereira, Florencia Garramuño
y Gonzalo Aguilar, la política de la colección ha
consistido en traducir y publicar textos clásicos todavía
no editados acá y escritores cotemporáneos. “Nuestra
idea fue siempre la de poner en el centro del corpus a escritores
vivos que estén trabajando”, señala Aguilar.
El primer libro de la colección fue Escritos antropófagos,
una selección de artículos de Oswald de Andrade, suerte
de padre conceptual de la cultura brasileña. La araña,
de Clarice Lispector, es el libro que más ventas acumula
de toda la serie. Los volúmenes de poemas de Paulo Leminski
(Leminskiana) y Ana Cristina César (Album de retazos) dan
una buena idea de la vitalidad e inteligencia de la actual poesía
de Brasil. También en Vereda Brasil se publicaron dos novelas
de Silvano Santiago (En libertad y Stella Manhattan), uno de los
cuatro o cinco novelistas más representativos de lo que hoy
se escribe en ese país, y en breve editará Teatro,
de Bernardo Carvalho. El último volumen publicado es una
versión definitiva del histórico Poema sucio, que
escribió Ferreira Gullar cuando vivía exiliado en
Buenos Aires en la década del 70.
“Siempre nos guió la idea de poner
un marco a los textos. Los acompañamos con prólogos,
ensayos y testimonios, porque somos de la idea de que la crítica
siempre hace más intensa la lectura”, sostiene Aguilar.
Fabián Lebenglik, director de la editorial
Adriana Hidalgo, que atribuye la desconexión entre la literatura
de Brasil y Argentina al hecho de que en nuestro país los
procesos funcionan “por espasmos”, asegura que la tarea
de las editoriales independientes, como la que dirige, no consiste
en esperar la demanda, sino en generarla. Cuando traduce a un autor,
Adriana Hidalgo compra los derechos para todo el mundo. “Editamos
lo que consideramos la mejor literatura, y la proyectamos”,
subraya Lebenglik.
Joao Gilberto Noll, un narrador nacido en Porto
Alegre en 1946 que ha sido comparado con Beckett y del cual ya se
han editado tres novelas (Lord, Bandoleros y Harmada), es quizás
el autor más singular entre los brasileños de Adriana
Hidalgo, que en los últimos meses también ha publicado
el primer libro de relatos de Guimaraes Rosa (Sagarana) y uno de
los últimos volúmenes de ensayos de Haroldo de Campos
(Del arco iris blanco). En lo inmediato, anuncia la edición
de una nueva traducción del gran clásico joyceano
de Guimaraes, Gran sertao: veredas, y de dos libros “maravillosos”:
uno de Caio Fernando Abreu (Onde andara dulce vega), y otro de Lyonelio
Machado (Os ratos). Abreu, muerto en 1996, es tal vez el único
grande contemporáneo casi desconocido en Argentina, y Machado
es un escritor de la década del 30, “de calidad no
inferior a la de Guimaraes”, subraya Lebenglik. “La
respuesta a estos libros es inmediata en la crítica y entre
los docentes, y un poco más lenta entre los lectores. Pero
invariablemente, cuando los lee, la gente no puede creer lo que
se estaba perdiendo”, asegura.
Tanto él como Aguilar dicen que no les interesa
tanto lo brasileño “en sí mismo”. “Lo
que hacemos con los autores de Brasil lo hacemos también
con los de Irlanda”, dice Lebenglik. Aguilar, por su parte,
asegura que “las relaciones no son de bloques”, y agrega
que “si uno relee Primera persona, el libro de entrevistas
de Graciela Speranza, encuentra que tanto Ricardo Piglia, como Héctor
Tizón, como César Aira, subrayan la importancia que
tuvo para ellos la literatura de Guimaraes Rosa. Aira incluso señala
que su primer cuento, El vestido rosa, está inspirado en
un relato de Guimaraes que se llama Recado du morro”. Aira,
dicen, es un gran lector de la literatura brasileña: de hecho,
recomendó la edición y tradujo para Beatriz Viterbo
la novela Un asunto delicado, de Sergio Sant’Anna, donde una
fuerte tensión ensayística sustituye por momentos,
desde un lugar muy interesante, un desarrollo más narrativo
del relato.
Con la idea original de hacer que los argentinos
escribieran sobre los brasileños y viceversa, Mario Cámara
viene publicando, desde 2002, junto con Paloma Vidal, la revista
binacional bilingüe Grumo. “A diferencia de la Argentina
–dice Cámara– en Brasil la escena literaria no
tiene centros de preminencia tan marcados. Allá hay escenas
regionales. Cada ciudad tiene sus propias editoriales, que publican
lo que se escribe en el lugar. Producen literaturas muy diferentes,
entroncadas en tradiciones históricas distintas. Es un panorama
muy rico, muy movido. La contra es que la distribución no
es buena y muchas veces no se conocen entre sí.” Cámara
explica que en San Pablo, donde surgieron el modernismo, con la
Semana del Arte Moderno en 1922, y la poesía concreta, en
los 50, las poéticas están más ligadas con
la experimentación y la forma visual. Arnaldo Antunes o Joao
Bandeira son dos nombres representativos.
En Río de Janeiro, la tradición está
más anclada en los años 70, en la que se conoce como
“la generación mimeógrafo”, o “marginal”,
o “xerox”, que nace un poco como una relectura de las
vanguardias, intentando juntarlas con cierta idea de “delirio”
contracultural, más performático. Chacal, Waly Salomao,
Torquato Neto son algunos de sus autores más identificables.
También en la zona de Porto Alegre y Curitiba
hay una producción importante y singular, con figuras como
Leminski y Trevisan. O en el nordeste, de donde proviene el novelista
Milton Hatoum.
“Hay una disputa entre Río y San Pablo
que ya es un género en sí mismo”, relativiza
Camila do Valle, directora en Buenos Aires de la Fundación
Centro de Estudios Brasileros. Do Valle recuerda una presentación
que hizo en la entidad la investigadora Regina Dalcastage, preguntándose
por el Brasil que se refleja en su literatura contemporánea.
¿Las conclusiones? Que en los libros, Brasil es un país
de hombres blancos de entre 40 y 50 años. Mujeres casi no
hay, menos aún si son negras.
“Siempre los mismos agentes productores.
Siempre la misma comunidad de significados. Recién ahora
empieza a haber un cambio en la concepción de lo ‘literario’.
Se está armando una mirada nueva, gracias a escritores como
Luis Ruffato o Ana Maria Gonçalves, o estudiosos como Heloísa
Buarque de Holanda, que de alguna manera intentan romper con esa
literatura como campo autónomo, vehiculizando la palabra
de otras identidades”, dice Do Valle.
Para Adriana Astutti y Sandra Contreras, las editoras
de Beatriz Viterbo, el interés por publicar autores brasileños
nació del fervor por la obra de algunos escritores; el criterio
que siguieron fue apostar a los narradores actuales. “La mayor
parte de las novelas que publicamos no habían sido traducidas
al castellano, salvo las de Hatoum (Relato de un cierto oriente
y Dos hermanos) que nos gustaban mucho, y cuya traducción
española no circulaba en la Argentina. Hicimos una traducción
nueva sin ni siquiera leer la anterior. En San Pablo hay un proyecto
de doctorado en curso que compara las dos traducciones. En cuanto
a la selección de los escritores, todos son autores muy conocidos
en Brasil y con muy buenas ventas allá. Un amor anarquista,
de Miguel Sanches Neto, tuvo un gran éxito como novelización
de una colonia anarquista real del sur de Brasil. Y tanto Hatoum
como Sant’Anna son escritores centrales en la escena literaria
brasilera actual”, señalan.
Astutti y Contreras subrayan, además, el
rol fundamental de la existencia de programas de grado y posgrado
sobre la literatura de Brasil. En esa línea de valorización,
Beatriz Viterbo publicó tres libros de ensayos muy relevantes:
Vanguardia y cosmopolitismo en la década del veinte. Oliverio
Girondo y Oswald de Andrade, de Jorge Schwartz; Experiencia, cuerpo
y subjetividades. Literatura brasilera contemporánea, compilado
por Garramuño; y Poesía concreta brasileña,
de Aguilar.
A pesar de que los comentarios recibidos siempre
fueron elogiosos, las editoras de Beatriz Viterbo los consideran
“escasos”. “No se llega a tomar conciencia de
las implicancias del hecho de que se elijan y traduzcan aquí
los textos de literaturas extranjeras; de lo importante que sería
privilegiar el comentario o la exhibición de esos libros,
en vez de consumir sumisamente lo que las preferencias que el mercado
español dicta, en traducciones que tienen las particularidades
de la declinación española de la lengua y en libros
que contribuyen al desarrollo de la industria cultural española
y no a la nuestra. La actitud dominante en Argentina es bastante
colonizada en ese sentido”, dicen.
Para las próximas semanas, Beatriz Viterbo
anticipa la edición de dos libros de Abreu, “de una
delicadeza asombrosa”: uno de cuentos, Morangos mofados, y
otro de crónicas escritas por Abreu cuando ya estaba enfermo
de sida: Pequeñas epifanías.
Sin la misma continuidad que Corregidor, Beatriz
Viterbo o Adriana Hidalgo, otras editoriales también han
hecho sus apuestas de riesgo por la literatura de Brasil. Interzona
editó Manos de caballo, de Daniel Galera, un escritor nacido
en 1979. Con esta novela, que describe un raid a toda velocidad,
en bibicleta, por las calles de Porto Alegre, Galera resultó
finalista del premio Jabuti, el más importante de Brasil.
La editorial Bajo La Luna, por su parte, publicó un muy elogiado
libro de relatos de Adriana Lunardi: Vísperas, donde se narran,
en nueve cuentos sucesivos, las horas finales de nueve escritoras
del siglo XX (Clarice Lispector y Ana Cristina César, entre
ellas).
Y Eloísa Cartonera, el proyecto cooperativo
cuya cara más visible es Santiago Vega (Washington Cucurto)
editó, preparada por Mario Cámara, una antología
de Glauco Mattoso, y otra, seleccionada y traducida por Diana Klinger,
de Los marginales de los 70, que incluye a varios poetas muy significativos,
como Roberto Piva, Cacaso, y los ya mencionados Chacal y Waly Salomao.
Tanto Mattoso como Piva, muy próximos a Néstor Perlongher
cuando éste vivía en San Pablo (y el Silviano Santiago
de Stella Manhattan), son figuras centrales en el surgimiento de
la literatura gay en Brasil.
“Originalmente, Eloísa Cartonera iba
a ser una editorial especializada en escritores de Brasil, y se
iba a llamar Verde y Vermelho. Después la idea fue mutando
y el catálogo se amplió hacia toda Latinoamérica,
pero nuestro gusto por la literatura de Brasil sigue siendo enorme”,
recuerda Cucurto.
Integrante del proyecto inicial de Eloísa
Cartonera, Cristian de Nápoli seleccionó y tradujo
para Emecé la antología Terriblemente felices. Son
quince cuentos de autores brasileños nacidos entre 1941 y
1975, entre los cuales, además de algunos ya citados, están
André Sant’Anna (hijo de Sergio), João Filho,
Joca Reiners Terron, Marcelino Freire, Jorge Mautner y Márcia
Denser. “En Brasil son muchos los escritores que viven de
sus derechos y de actividades vinculadas con sus libros. Es un escenario
en el cual al escritor ‘sólo se le pide que escriba’,
y no que esté opinando sobre cualquier cosa. Allá
usan una frase que es ‘de Oiapoque ao Chuí’,
que es un invento pero es mucho más verosímil que
‘de Ushuaia a La Quiaca’. Eso confirma que el federalismo
brasileño es una cosa bastante seria. Si uno se fija en la
antología, se ve que los lugares de residencia de los escritores
son muy variados”, dice De Nápoli.
Cámara advierte que la ficción brasileña
está impregnada por un clima internacionalista. “A
diferencia de lo que sucede acá, donde se nota algo introspectivo
fuerte a nivel geográfico, con toda la cuestión actual
del barrio, allá sitúan muchas ficciones fuera del
país –Mongolia, en el caso de Carvalho; Londres, de
Noll; Budapest, de Chico Buarque”, dice. Astutti y Contreras
señalan que, comparativamente, la literatura argentina parece
estar mirándose el ombligo.
En todo caso, lo que harán los lectores
y escritores argentinos con los escritores brasileños lo
dirá el futuro. Lo cierto es que la literatura de Brasil
pasa por un momento de una riqueza enorme (casi tan grande como
la distracción con que se la venía tratando) y ahora
está al alcance de la mano en cualquier librería.
Una forma de promoción
La política de promoción cultural
de la Embajada de Brasil en la Argentina es uno de los pilares sobre
los que se sostiene la difusión de los autores brasileños
en nuestros país. A través de un programa de apoyo
a la edición, la embajada subsidia la traducción de
entre cuatro y seis títulos al año, con un presupuesto
de hasta tres mil dólares por título. Los subsidios
se otorgan según las solicitudes de las editoriales locales,
y con la excepción de Corregidor, que desde el comienzo autofinancia
su colección “Vereda Brasil”, el resto de las
principales editoriales ha recibido apoyo del Estado brasileño.
Según señalan en la embajada, “también
tenemos otras políticas, como la adquisición de gran
parte de una tirada, para repartir luego los libros en las bibliotecas
del interior que nos lo solicitan, e invitar a los autores publicados
como forma de promoción”.
Durante 2007 se publicaron en Argentina casi cien
títulos de Brasil, tomando a la literatura, pero también
a libros infantiles, de autoauyda, y otros géneros, además
de reediciones. Para la Cancillería brasileña, Argentina
se convirtió en un mercado clave, ya que, además,
lo que se publica aquí se exporta a otros mercados, como
España, Chile o México.
Hitos de una historia
En su libro Traducir el Brasil, Gustavo Sorá
recoge estadísticas que muestran que las traducciones del
inglés representan el 70% de todas las traducciones que se
hacen a nivel mundial. Las versiones del alemán, el francés
y el ruso oscilan en un porcentaje del orden del 10%. Los libros
traducidos del castellano, del italiano, del sueco, del danés,
del húngaro, del polaco, del checo y del holandés
representan entre el 3% y el 1%. El resto de las lenguas, de manera
conjunta, no alcanzan el 1%. Sin el apoyo de los gobiernos involucrados,
se destaca, la edición de traducciones de los lenguajes con
menor participación sería aún más insignificante.
Sorá establece algunos de los momentos más
importantes en la traducción de libros de Brasil en la Argentina
durante el siglo XX. Comenzando por las novelas editadas por la
Biblioteca La Nación en la primera década, y pasando
por la primera traducción, de 1935, de Jorge Amado, se destaca
también el trabajo como traductor de autores brasileños
realizado por Bernardo Kordon entre 1940 y 1960, y la publicación
de libros de Carlos Drummond de Andrade y de Clarice Lispector,
a partir de los 50. En esos años, Haydée Jofré
Brarroso inicia una vasta tarea de casi cuarenta traducciones y
libros de difusión. Vinicius de Moraes comienza a ser traducido
a principios de los 70, cuando también se produce el “boom
escolar” de José Mauro de Vasconcelos. El último
hito lo constituye el fenómeno de ventas de Paulo Coelho,
a partir de los 90.
Link nota: http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0309/articulo.php?art=10788&ed=0309#sigue |