

Domingo, 3 de Agosto
de 2008
El Libro del Buen Amor
Por Maria Rosa Lojo
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Eduardo Blanco Amor, nacido en la ciudad de Ourense
en 1897 y fallecido en Vigo en 1979, pasó en nuestro país
buena parte de su vida. Emigró muy joven, en 1919, y después
de la Guerra Civil, identificado plenamente con la causa republicana
y el galleguismo, se sintió tan exiliado como cualquiera
de los que habían llegado a raíz del franquismo. Trabajó
en estas tierras como empleado bancario, pero no pasaría
mucho tiempo sin que se volcase al periodismo y a las publicaciones
literarias. Discípulo, en su ciudad natal, del eminente galleguista
Vicente Risco, Blanco Amor defendió la entidad literaria
de la lengua gallega en revistas publicadas en Buenos Aires como
Céltiga o como la efímera, pero muy significativa
Terra, de la que fue fundador. Redactor de El Correo de Galicia,
también escribió para el diario La Nación,
y, entre 1929 y 1935, visitó dos veces Galicia enviado por
el matutino como cronista. En este medio periodístico que
le garantizaba una vasta y prestigiosa repercusión, Blanco
Amor se propuso presentarles a los argentinos aferrados a estereotipos
despectivos de los gallegos, una Galicia diferente, cuna de la poesía
peninsular en lengua romance, nación doblegada por el imperialismo
de Castilla (no deja de comparar el “problema gallego”
con el “problema irlandés”), pionera en la doctrina
de las autonomías regionales, que después repercutiría
sobre el resto de España. Entre las crónicas políticas
que escribió se destacan los artículos “Antecedentes
de la lucha autonómica en Galicia” y “El sepelio
del presidente Macià”, gran figura republicana de Cataluña.
En sus crónicas culturales, además de los trabajos
sobre la Galicia ilustrada, ocupó un lugar especial Federico
García Lorca, entrañable amigo e interlocutor literario
(que, motivado por él, escribió sus famosos “Seis
Poemas Galegos”). En lo que hace a las crónicas de
viaje, “Seis días en el mar” (relato de una aventura
de pesca desde la ría de Bayona, que Blanco Amor compartió
como un marinero más) resalta por el original abordaje del
tema, y la técnica de presentación de personajes,
en un estilo precursor del llamado “nuevo periodismo”,
que se impondría luego desde los Estados Unidos. En todos
los casos, el lenguaje de Blanco Amor, amigo de nuestra vanguardia
de los años veinte, se mantiene siempre en un alto nivel
de elaboración estética. (Estos trabajos, precedidos
por un estudio crítico, fueron reunidos en el volumen Artigos
en La Nación, que publicó la Editorial Galaxia en
2005).
La percepción innovadora, el conocimiento
de la vida popular y la capacidad de experimentación con
el habla y la mirada de los sectores menos favorecidos de la sociedad
descuellan en la novela A esmorga, que le daría a Blanco
Amor un indeleble lugar de reconocimiento en la nueva narrativa
de lengua gallega. Su irreverente perspectiva, su arrasadora experiencia
de desenfreno y violento desamparo, lo acercan a autores como Céline
o Bukowski, y dentro de España, a textos como La familia
de Pascual Duarte, obra de otro gallego: Camilo José Cela,
aunque escrita en castellano y ambientada en Extremadura.
A esmorga, que él mismo eligió traducir
con la expresión, un tanto desusada hoy, de La parranda,
se publicó por primera vez en Argentina en 1959, por la editorial
Citania, que también había dado a conocer, poco antes,
libros de títulos tan significativos como Grandeza y decadencia
del Reino de Galicia, o La insumisión gallega, del historiador
Emilio González López. Desde luego, habría
sido imposible lanzarla en España en aquellos años
de censura franquista. El insumiso Blanco Amor no sólo se
obstinaba en cultivar una lengua que tan poco simpática resultaba
al gobierno, sino que introducía en esta audaz novela un
tipo de expresividad, una temática y unas ideas francamente
revulsivas.
Los protagonistas de A esmorga son tres hombres
jóvenes, de la clase proletaria, aunque por cierto no muy
afectos al trabajo. El narrador, testigo de los hechos delictivos
que se cuentan, y no sabemos hasta qué punto sujeto y ejecutor
de ellos, es Cipriano Canedo, también llamado Cibrán
o el Castizo y sus compañeros son Juan Fariña, apodado
el Bocas, y Eladio Vilarchao, alias el Milhombres, entre otros motes.
Casi todo el texto de la novela consiste en la extensa declaración
que el Castizo desarrolla ante un funcionario judicial cuyas preguntas
–reemplazadas por guiones y puntos suspensivos– nunca
se transcriben. Quizá porque, como ha conjeturado la crítica,
el funcionario es el extranjero, el que se dirige al detenido en
la lengua oficial (castellano) para obtener información pero
no necesariamente comprensión. En suma, se trata del que
tiene el poder y todos los medios de presión; el diálogo
con él resulta trabajoso y en cierto modo imposible. La distancia
infranqueable se marca constantemente, con un fuerte efecto irónico,
en las reiteradas aclaraciones, correcciones y merodeos de las respuestas.
Así, cuando el narrador intenta hacer entender al funcionario
la imaginativa diversidad de los nombres con que se llaman unos
a otros, y que lo lleva a explicar el origen (a veces ridículo,
cómico, bochornoso u obsceno, de tales apodos): “No,
señor, no, sólo era para irnos entendiendo, que ya
me voy percatando que usted no es de aquí”. “No
señor, no, no es que me importe sino para que me entienda,
pues también tuvimos un capaz que era de la región
de los murcios, que aun hablándole en su lengua no nos entendíamos.
Pues yendo al asunto, eran Juanito el Bocas, o el Alicante o el
Pechodemacho, y también Eladio el Milhombres, o el Papahílos
o el Sietesayas o el Mariquita, o como a usted le guste, que aquí
todos tenemos de donde escoger.”
De este modo, ante los oídos del funcionario
siempre mudo, va desgranándose una historia impúdica
de holgazanería, borracheras, robos, atropellos, e incluso
una violación, en la que no son parte menor los juegos sexuales
entre dos hombres: Juanito el Bocas y el Milhombres o el Mariquita.
Lo magistral del caso es cómo, sin un átomo de idealización
ni un gramo de pacatería, la narración se mantiene
siempre en un borde, sobre el filo de la navaja. La atracción
homosexual entre Juanito y el Milhombres, aludida incontables veces
en chanzas verbales, toques, travestismo (del Milhombres que además
es, por oficio, sastre), nunca se consuma del todo en el relato,
aunque se expresa sobre el cuerpo de otra manera, no menos física,
en las agresiones que los llevan repetidas veces el uno contra otro
y que producen algunas memorables escenas novelescas, hasta desembocar
en el asesinato final. La tosquedad y aparente ingenuidad del Castizo
también rozan, inquietantes, provocativas, el descaro y la
desvergüenza, soslayando siempre –con la astucia del
que se sabe atrapado– la deliberada afrenta a la moral y las
buenas costumbres representadas por el funcionario.
El tipo de humor que en Galicia se llama retranca,
camuflado por la torpeza o la inocencia, tiñe el relato y
remite a otro humor emparentado, muy familiar para los argentinos:
la socarronería de los gauchos.
Si una obra como ésta no era fácilmente
legible en España por los años de su aparición,
las cosas no marchaban mucho mejor en la cosmopolita Buenos Aires.
La novela de Renato Pellegrini, Asfalto (1964), tuvo un “pedido
de captura” y su autor debió enfrentar una demanda
judicial. El relato “La narración de la historia”
(1959) publicado por la revista del Centro de Estudiantes de Filosofía
y Letras le costó un juicio al autor, Carlos Correas, y al
responsable de la publicación, Jorge Lafforgue, condenados
por exhibir material obsceno. La representación plena de
la homosexualidad en la literatura fue, en la Argentina, remisa
y tardía. Todavía en los años ochenta del pasado
siglo, novelas de Oscar Hermes Villordo como La brasa en la mano
o La otra mejilla causaron un revuelo considerable.
Ni siquiera estetas como Manuel Mujica Lainez,
situados muy lejos de cualquier toma de posición supuestamente
“pornográfica”, se libraron de la censura, que
impidió, durante la dictadura del general Onganía,
la representación de la ópera Bomarzo, basada en la
novela homónima. Blanco Amor se sitúa aquí
en los antípodas del esteticismo –siempre traspasado
por los ecos del Fedro de Platón– que sentó
una tradición en la literatura occidental sobre el deseo
homoerótico masculino, pasando por el desvío narcisista
de Dorian Gray hasta el Von Aschenbach de Muerte en Venecia deslumbrado
ante la belleza del efebo. Pero tampoco es, claro, un naturalista
en el viejo sentido. No se busca en A esmorga demostrar una tesis
sobre los males sociales, ni exhibir seres envilecidos por las lacras
de una herencia perniciosa. Más cerca del expresionismo y
del existencialismo, construye una tragedia de “bajos fondos”
que remite, desde luego, a la pobreza, a la falta de medios materiales
y simbólicos, pero también y sobre todo a la pasión
incontrolable que une a Juanito el Bocas y al Milhombres, y que
arrastra en su fascinante circuito de atracción y repulsión,
a un testigo (Cibrán el Castizo) que acaso no se atreve a
confesarse sentimientos similares. Si bien sabe que el vértigo
de bebida y violencia al que se ha entregado con sus dos amigos
lo aparta decididamente de sus propósitos de enmienda y puede
alejarlo sin remedio de su mujer y de su hijo, Cibrán no
logra desprenderse de ellos, atontado por el frío, la modorra
del alcohol y el dolor de sus pies llenos de sabañones, pero
también atormentado por un afán de transgredir los
límites que no alcanza a saciarse.
Aunque A esmorga no es una novela de tesis, y no
tiene, por ello, las obviedades o limitaciones que suelen aquejar
al género, no evade en modo alguno la crítica social.
Sin explicitarlo en diatribas, muestra el mundo de miseria y carencias
de las clases bajas, en contraste con la abundancia de los pazos
o casas señoriales. Y exhibe, también, la decadencia
y el delirio de los viejos hidalgos, como el señor de Andrada,
cuya presunta mujer codicia el Bocas. Como en una parodia de “El
hombre de la arena”, aquel célebre cuento de Hoffmann
que inspiró a Freud para elaborar su concepto de lo siniestro,
no hay tal mujer. El señor de Andrada está obsesionado
con una muñeca a la que tiene vestida y alhajada, mirando
hacia el jardín desde una ventana de la gran galería.
La entrada nocturna de los tres en el pazo desnudará bruscamente
la alienación de Andrada, al que encuentran exánime
(probablemente después de una ingestión de opio) y
el artificio de la muñeca. Más sano que el Nathanael
de Hoffmann, el Bocas, furioso, maldice la locura del señor
de la casa y pisotea la cabeza de la autómata.
Pero también un mal del espíritu
ataca al mismo Castizo, el narrador por quien sabemos o creemos
saber la verdad de lo sucedido: él lo llama “pensamiento”,
y podemos presumir, por la descripción, que se trata de ataques
de epilepsia. Desposeído de toda riqueza material, Cibrán
se halla también y sobre todo desposeído de sí
mismo, ingobernable, entregado al vacío: un agujero negro
que le borra la memoria y cuya aparición no se puede impedir
o prevenir. Ricos o menesterosos, plebeyos o hidalgos, todos de
algún modo parecen estar condenados en esta tragedia, que
acaso no es sólo la de unos individuos más o menos
extraviados o perdidos sino la de todo un pueblo con el deseo desviado
y loco, enajenado y privado de sí.
Por otro lado, la denuncia constante de la violencia
que se ejerce desde el poder es recurrente en los parlamentos del
Castizo. Si bien el narrador busca exculparse para no caer preso,
no hay en el texto, como se ha señalado, ni idealización
favorecedora ni tampoco justificación moral de los personajes.
Son lo que son, hacen lo que hacen, y el acto final del Bocas, violador
de la loca Socorrito, lo muestra, antes bien, bajo una luz brutal
de innecesaria crueldad. Con todo, otra crueldad existe contra la
que el Castizo no deja de rebelarse: la del castigo y la tortura
del cuartel donde lo encarcelan. Cuando quieren devolverlo a la
prisión, acusado ya formalmente de la muerte del Bocas, el
Castizo prefiere suicidarse con la navaja, instrumento del crimen,
que arrebata de la mesa donde la han colocado. Aunque esto, también,
se disuelve en la duda. No se ha tratado de un suicidio, dice el
pueblo e incluso uno de los entonces trabajadores del Juzgado (el
tío informante del transcriptor), sino de los culatazos propinados
a Cibrán por los guardias que lo llevaron.
No es un mérito menor de A esmorga la intensidad
de un lenguaje que por momentos parece volverse táctil. El
frío y la lluvia que calan hasta los huesos, la intemperie
hostil, alternan con el calor de las tabernas donde los personajes
se refugian, y con los líquidos que arden, por el alcohol
o por el fuego. Los cuerpos sufren, lastimados, carentes, transidos
por las más elementales necesidades y deseos.
Epopeya antiheroica cuya meta es la perdición,
A esmorga encuentra en cambio como El extranjero de Albert Camus,
una verdad: la del que se enfrenta, despojado de todo, a un mundo
implacable donde las cosas parecen suceder sin que se pueda, se
quiera o se sepa cómo detenerlas, más allá
de la libertad.
La Colección Biblioteca de Autores Gallegos
de Corregidor, acaba de lanzar La parranda, traducción de
A esmorga realizada por el autor. Este proyecto editorial, que cuenta
con el auspicio de la Xunta de Galicia, se inició el año
pasado con Los gallegos y Buenos Aires, de Antón Pérez
Prado, y ahora vuelve a poner en circulación esta obra considerada
hoy un clásico de la literatura gallega, y que se publica
por primera vez en la Argentina.
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