| IDENTIDADES GLOBALIZADAS.
Un conflicto que afecta al mercado editorial.
¿Defender las identidades o globalizarnos?
La pregunta planteada hace un tiempo por Néstor García
Canclini1 nos sirve como disparador de ideas para pensar
la vinculación entre identidad y globalización en
el ámbito editorial latinoamericano.
En un principio podemos pensar que a
partir de una definición básica de los términos
“identidad” y “globalización” puede
plantearse su diferencia. Resulta casi imposible mantener la identidad
y entrar en el proceso globalizador. Son términos que se
eliminan recíprocamente: la cuestión radica para nosotros
en encontrar la función que tienen los pequeños editores
para trabajar en el marco de la globalización y descubrir
cuáles son los objetivos que se intentan cumplir.
Las pequeñas editoriales argentinas,
en la mayoría de los casos, fueron creadas por individuos
o grupos familiares que sentían sincera vocación por
la defensa del patrimonio cultural nacional. Estas han logrado funcionar
de manera independiente, fundamentalmente porque se han especializado
en la publicación de temáticas particulares que son
como “nichos” dentro del mundo editorial. La publicación
de colecciones o géneros específicos no ha reportado
nunca grandes beneficios y es por esa razón que todavía
no ha sido absorbida por los grandes monopolios. Se trata de valores
diferenciales como es el caso de la difusión del humor y
las historietas en De la Flor, de la poesía en Botella al
Mar o Último Reino, de la literatura infantil y juvenil en
Colihue, del tango y el lunfardo, en Corregidor, por mencionar solamente
algunos ejemplos.
La función que estos editores
se adjudican se vincula estrechamente con la preservación
y difusión de una identidad basada en elementos nacionales
y, en un ámbito un poco más extendido, latinoamericanos.
El pequeño editor pretende rescatar un pasado que considera
propio y que de algún modo fue olvidado. Pretende hacer presente
culturas en muchos casos minoritarias, marginales, pero que, sin
embargo, definen nuestras identidades. Publica autores que el tiempo
y los lectores han olvidado o simplemente desdeñaron, que
no son de venta masiva pero que, sin embargo, hablan de raíces,
de lo que es nuestro y no se puede olvidar al momento de escribir
la historia literaria y cultural argentina.
Estas editoriales se caracterizan, además,
por el lanzamiento de autores desconocidos en el mundo literario
que quizás nunca salten a la fama, y entonces el riesgo que
corre el editor para su publicación termina en un fracaso,
o que, de otro modo, sus obras se vuelvan reconocidas y exitosas,
y así el autor será absorbido seguramente por los
grandes monopolios internacionales que invertirán dinero
que el pequeño editor no tiene para sostener al nuevo “gran”
autor. La mayoría de los autores que hoy gozan de un gran
prestigio internacional fueron publicados por primera vez por pequeños
editores. Muchos de ellos hoy han debido cerrar sus puertas o se
sostienen pendientes de un milagro que nunca termina de ocurrir.
Luchan por mantener viva una identidad que también intenta
no fragmentarse, deshacerse, desaparecer.
Prácticamente en ningún
caso un gran editor se arriesgará a editar un ilustre y desconocido
literato porque no va a producir réditos inmediatos. En este
punto, lo importante no es la calidad sino la venta. Y la economía
mundial contribuye a solventar los grandes negocios, apunta a que
cada vez haya más monopolios y menos editoriales independientes
que interfieran en sus grandes capitales. Mientras tanto, los pequeños
editores superan día a día las dificultades económicas
y financieras que tienen que ver también con la falta de
una política cultural implementada desde el Estado y con
el propósito de preservar las producciones culturales y la
industria nacional.
Las políticas culturales implementadas
por los pequeños editores se encuentran enfrentadas a la
de los grandes monopolios internacionales, que absorben a sus pequeños
competidores con el propósito de eliminarlos, en muchos casos
junto a los grandes medios de comunicación con los que desarrollan
proyectos editoriales. La situación se agrava cuando nos
damos cuenta de que los grandes grupos monopolizan las compras de
los organismos encargados de difundir el libro. Sería muy
importante que los pequeños editores nacionales tengan la
prioridad para colocar sus productos en las instituciones oficiales.
Por otro lado, aunque reconocemos la
necesidad y la velocidad de la comunicación que puede obtenerse
de la globalización consideramos que también produce
homogeneidad cultural, es decir, sin bases diferenciales. La multiculturalidad
propia de cada nación se pierde en el trayecto de estos procesos
ya que si bien cuando se menciona la globalización se identifica
en un primer momento la dimensión económica, ésta
afecta también otros ámbitos, como el que nos interesa
particularmente, que es el cultural.
Ya mencionamos la función que
debe tomar el editor para contribuir a la conservación de
la identidad, pero no puede actuar aislado. Debe existir una política
cultural implementada desde el Estado Nacional que lo apoye, que
fomente sus trabajos, que le otorgue créditos para concretar
sus proyectos, que no trabe su accionar con trámites burocráticos
que obstaculizan la administración normal y que le permita
competir en el ámbito internacional para exportar sus productos;
además, que obtenga las mismas condiciones y posibilidades
para concurrir a ferias internacionales que tienen los editores
extranjeros, y todo ello mediante un plan organizado que integre
al editor argentino en el contexto mundial. En muchos países
existen leyes que apoyan la actividad editorial nacional y protegen
a sus editores de la invasión extranjera. Todavía
se puede lograr que nuestra cultura funcione como embajadora cultural
en el exterior y que se afiance en el ámbito nacional, pero
faltan proyectos que reconozcan los grandes esfuerzos de los pequeños
editores.
Además del respaldo del Estado
para el desarrollo de la tarea editorial es necesario construir
una nueva relación con los medios de comunicación,
particularmente los suplementos culturales de los periódicos.
La poca difusión (que en algunos casos llega a la ausencia
total) que tiene el libro argentino en los medios especializados
es alarmante. A ello se le suma la falta de recursos económicos
con los que cuenta el pequeño editor y que le impide hacer
publicidad para dar a conocer sus publicaciones, de otro modo, tiene
que esperar la generosidad de los pocos difusores “honestos”
que todavía quedan.
Necesitamos construir entre todos una
política cultural comprometida con la identidad. Nuestro
propósito como editores, lo reiteramos, es, básicamente,
crear un catálogo que abarque los más amplios aspectos
de la cultura nacional y latinoamericana para dar a conocer nuevos
escritores, rescatar aquellos que fueron olvidados y conservar a
los clásicos. Formar, en la medida de lo posible, un público
lector que pueda pensar por sí mismo y elegir, cada vez que
exista la oportunidad, alguno de los libros publicados por los editores
argentinos.
Este es un momento apropiado para comenzar
a cambiar las cosas, para proyectar y también para concretar.
Nuestro país posee la feria internacional más importante
de América Latina, autores, traductores y editores reconocidos,
así como todos los recursos intelectuales necesarios para
lograrlo. Trabajemos para ello.
Manuel Pampín
Editor
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1 Néstor García Canclini,
“Políticas culturales: de las identidades nacionales
al espacio latinoamericano”, en Néstor García
Canclini y Carlos Moneta (Compiladores) Las industrias culturales
en la integración latinoamericana, Buenos Aires, EUDEBA,
1999
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