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Para encontrar a Manuel Pampín hay que
traspasar un pasillo abarrotado de libros. Un verdadero laberinto
de papel donde pueden casi tocarse las ideas como si fueran criaturas
vivas, superpuestas, apiladas, expectantes...
Y, aunque uno esté solo en esa especie
de buhardilla secreta, difícilmente pueda sustraerse a la emoción
que muchos autores de inagotable esperanza van dejando entre las
paredes, aguardando ansiosos su momento de gloria; simplemente ser
leídos. Al tope de esta singular esperanza está Pampín, que hace
las veces de facilitador.
¿Qué significa hacer las veces de facilitador?
¿En qué consiste propiciar que ese sueño se concrete y obtenga la
forma esperada de un libro? Nada menos que en poner alas al milagro
de cada autor. ¿De qué servirían a un escritor sus papeles guardados
en un cajón? ¿De qué cordura estaría hablando, si al término de
su labor todo quedara prisionero del silencio? Manuel Pampín es
precisamente quien encarna por un tiempo, la ilusión de cada escritor.
Es maestro en este raro oficio que, por otra parte, reserva más
matices de aventura que de garantías.
Por esto Corregidor –una inusual
editorial de las letras argentinas-, nació como un desafío en pleno
gobierno militar, allá por 1970, cuando había pasado el Cordobazo
se visumbraban los últimos coletazos de la dictadura de Juan C.
Onganía; 1970, también el año en que se constituyó “La hora
de los pueblos”.
Manuel Pampín llegó desde España cuando
apenas contaba con 14 años de edad. A partir de allí su actividad
estuvo siempre vinculada con el libro. Ya en 1963 aparecía nítidamente
sumergido en la venta de libros producidos por editoriales argentinas
y españolas. Conociendo rutas, clientes, autores, obras y hasta
anécdotas escondidas en cada esquina del mapa literario que fue
trazando a fuerza de caminatas y pulmón. Luego vino la creación
de la cadena de librerías “Premier”. Un paso más, que
reveló clarito el compromiso hondo con las cláusulas propias del
saber escrito. Compromiso que fue ligando el rigor del trabajo en
serie, con la vigilia y la curiosidad de cada pieza bibliográfica
ingresada en su taller, sin olvidar la eterna zozobra de los bolsillos
argentinos para quienes impulsó la venta de libros en cuotas a lo
largo de todo el territorio nacional.
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